Argentina hizo del Malbec una de sus grandes cartas de presentación. Chile recuperó una variedad que durante décadas permaneció confundida entre otras vides. Uruguay encontró en el Tannat una cepa capaz de interpretar su clima y convertirse en parte de su identidad. Más que tres vinos, son tres capítulos de una misma historia latinoamericana.
Uvas Malbec / Stock.
Malbec, de Cahors a los Andes
Antes de que Mendoza se convirtiera casi en sinónimo de Malbec, la variedad tenía su hogar histórico en Cahors, en el sudoeste de Francia. Su llegada a Argentina ocurrió en 1853, cuando el agrónomo francés Michel Aimé Pouget introdujo distintas variedades europeas con el propósito de desarrollar la vitivinicultura del país.
Lo que ocurrió después transformó tanto al Malbec como a la imagen internacional del vino argentino.
A los pies de los Andes, la variedad encontró una diversidad de altitudes, suelos y condiciones climáticas que permitió desarrollar perfiles muy distintos. Por eso hablar hoy de Malbec argentino no significa hablar de un único estilo. La expresión puede cambiar considerablemente según el lugar donde crezca la vid, algo que Wines of Argentina destaca al señalar la diversidad de perfiles que producen las distintas regiones y alturas del país.
En términos generales, el Malbec suele asociarse con fruta oscura y madura, notas florales, especias y una textura generosa, aunque el origen de las uvas, la altura del viñedo y la elaboración pueden modificar esa personalidad.
Ese abanico explica parte de su atractivo. Puede acompañar una comida sin exigir conocimientos técnicos y, al mismo tiempo, ofrecer suficiente complejidad para quien quiere detenerse en la copa.
En la mesa encuentra un aliado natural en carnes asadas, preparaciones a la parrilla, hongos, quesos curados y platos de sabores profundos. Sin embargo, reducirlo al clásico maridaje con carne sería ignorar la versatilidad que ha adquirido la cepa en Argentina.
Uvas Carménère / Stock.
Carménère, la variedad que Chile volvió a encontrar
La historia del Carménère tiene algo de novela enológica.
Originaria de Burdeos, fue una de las variedades cultivadas en Francia antes de que la filoxera devastara gran parte de los viñedos europeos durante el siglo XIX. Algunas plantas, sin embargo, ya habían llegado a Chile junto con otras cepas francesas y continuaron creciendo allí. Durante décadas fueron confundidas principalmente con Merlot.
El error sobrevivió durante más de un siglo.
La identidad de aquellas vides comenzó a aclararse a comienzos de la década de 1990 y el ampelógrafo francés Jean-Michel Boursiquot terminó reconociéndolas como Carménère. El redescubrimiento quedó ligado definitivamente a la historia moderna del vino chileno.
Aquella confusión terminó convirtiéndose en una oportunidad.
Los valles centrales chilenos ofrecieron condiciones favorables para una uva de maduración tardía. En zonas como Colchagua y Maipo se elaboran hoy algunos de sus ejemplos más reconocidos. El Carménère chileno suele mostrar fruta roja y negra madura, especias y notas herbales, con una textura suave y taninos generalmente más amables que los de variedades como el Cabernet Sauvignon.
Ese carácter permite llevarlo a mesas muy distintas. Funciona con carnes, pastas de salsas intensas, ciertos platos especiados y quesos maduros, pero también puede resultar interesante con preparaciones en las que las hierbas y los vegetales asados tengan protagonismo.
Su historia, sin embargo, sigue siendo su mayor particularidad. Chile no inventó el Carménère, pero sí le dio una segunda vida.
Uvas Tannat / Stock.
Tannat, el carácter de Uruguay
Si el Malbec encontró una nueva dimensión en Argentina y el Carménère una segunda oportunidad en Chile, el Tannat encontró en Uruguay una identidad nacional.
La variedad procede del sudoeste francés, particularmente de zonas como Madiran e Irouléguy. Llegó a Uruguay alrededor de 1870 de la mano de inmigrantes vascos y quedó estrechamente vinculada a Pascual Harriague, uno de los pioneros de la vitivinicultura del país.
Con el tiempo dejó de ser simplemente una cepa importada.
Hoy es la variedad más plantada de Uruguay y está presente en las diferentes regiones vitivinícolas del país. Su importancia cultural es tal que el Instituto Nacional de Vitivinicultura estableció el 14 de abril como Día del Tannat, en reconocimiento al legado de Harriague.
El Tannat recibe su nombre en buena medida de uno de sus rasgos más evidentes. Posee una importante carga tánica y pieles gruesas que producen vinos de color intenso y estructura marcada. En Uruguay, el clima de influencia atlántica y décadas de experiencia de los productores han dado lugar a versiones que conservan profundidad y carácter, pero pueden mostrar taninos más maduros y una textura considerablemente más amable.
Es una variedad que pide comida. El asado y el cordero forman parte de sus acompañamientos tradicionales en Uruguay, una asociación que tiene tanto sentido gastronómico como cultural.
También existen expresiones rosadas, espumosas y diferentes interpretaciones contemporáneas que demuestran que el Tannat ya no necesita ser entendido únicamente como un tinto poderoso.
Viñedo / Stock.
Tres uvas, tres maneras de interpretar un territorio
Hay una coincidencia reveladora detrás del Malbec, el Carménère y el Tannat. Ninguna nació en Latinoamérica y, sin embargo, las tres terminaron adquiriendo aquí una identidad difícil de separar de sus países adoptivos.
El Malbec permite entender cómo la altitud y la diversidad de los Andes pueden transformar una variedad. El Carménère recuerda que una vid prácticamente olvidada puede encontrar un nuevo capítulo lejos de su lugar de origen. El Tannat demuestra cómo una cepa traída por inmigrantes puede integrarse hasta convertirse en parte de la cultura de un país.
También ofrecen tres puertas de entrada distintas al vino sudamericano.
Quien busque fruta, amplitud y una enorme diversidad de estilos puede comenzar por el Malbec argentino. Para quienes prefieren vinos especiados, sedosos y con un particular componente herbal, el Carménère chileno tiene mucho que contar. Y para quienes disfrutan de estructura, profundidad y taninos con presencia, el Tannat uruguayo abre otro registro.
Conocerlas cambia la experiencia de beberlas. Detrás de cada botella aparecen viajes transatlánticos, viñedos que sobrevivieron a crisis, inmigrantes, agricultores y generaciones de productores que aprendieron a interpretar paisajes distintos.
Quizás allí esté una de las virtudes más interesantes del vino latinoamericano. No necesita copiar las tradiciones europeas para demostrar su valor. Tomó variedades llegadas de otro continente y, con tiempo, clima y criterio, consiguió darles un acento propio.

