El origen creativo de la moda colombiana

Una reflexión de Diego Guarnizo sobre la moda colombiana, sus raíces, los oficios tradicionales, la identidad territorial y el camino hacia una industria capaz de reconocerse antes de mirar al mundo.

Diego Guarnizo y el origen creativo de la moda colombiana

Ilustración creada por Laura Alejandra Correa Hernández. Todos los derechos reservados.

Escrito por Diego Guarnizo, destacado diseñador de modas, director de arte y publicista colombiano con más de tres décadas de trayectoria en la cultura, la televisión y la industria textil. 

Desde muy pequeño aprendí a ver un mundo diferente. Seguramente porque soy daltónico y en mi niñez no lo sabía, o seguramente porque mi condición de hijo mayor, primer nieto y primer sobrino en mi familia materna me hacía sentir especial y único. 

Crecer disfrutando mis vacaciones escolares en el seno de mi abuela Alcira, en Ortega, un pueblo al sur del Tolima que tiene de vecino a los indígenas de Coyaima, que está bañado por los ríos Cucuana y Ortega y enmarcado por unas montañas cuadradas llamadas Abechucos, me dio el privilegio de despertar todos mis sentidos adorando lo que me rodeaba. 

Tengo en mi memoria las eternas caminatas al bosque de las ceibas en La Vega, así se llamaba el barrio de la abuela, con la tía Teresa, donde recogíamos cientos de cuescos. La tía Teresa, en su torpe caminar a causa de una poliomielitis que sufrió de niña y que los abuelos, por ignorancia, falta de recursos o simplemente porque los médicos ni siquiera llegaban al pueblo, no pudieron controlar, me llevaba hasta aquel bosque de gigantes. Allí recolectábamos nuestra cosecha anual de cuescos, que más tarde, sentados en la cuja, destapábamos a punta de piedra para comernos la almendra escondida detrás de aquella cáscara dura como un coco. 

Recuerdo también las madrugadas de domingo cuando el abuelo salía al matadero a sacrificar sus vacas para que luego, junto a la abuela, vendieran en el pabellón la mejor carne de res de la plaza de mercado. Mientras tanto, la abuela Alcira hacía las arepas de maíz blanco, asadas en leña, y dejaba en remojo el arroz para la comida. 

Yo esperaba ansiosamente el regreso de los abuelos junto a la tía Teresa. Entonces comenzaba uno de los rituales más maravillosos que conservo en la memoria. 

El arroz que había permanecido en remojo desde la madrugada iba a una olla de barro, a fuego bajo, sobre la estufa de leña. La abuela comenzaba a aromatizar aquel potaje con hojas y azahares del naranjo agrio del patio trasero. Lentamente, un olor exquisito invadía toda la casa. 

Era la señal. 

Arroz y pote colombiano

Foto creada por medio de IA.

Nos arrimábamos a la cocina y de sus propias manos recibíamos, servido en un totumo, una porción de peto con la textura cremosa de un risotto, acompañado de la carne más suave, escogida por mi abuelo y secada y ahumada desde el domingo anterior encima de aquella estufa de leña. 

Después nos sentábamos juntos en las banquetas del andén de la casa a saborear el ritual mientras veíamos caer el sol detrás de mis verdes, azules, moradas o castañas montañas cuadradas. 

Con la tía Teresa comíamos rápido porque todavía nos esperaba la misa obligada y, después, nuestra cita nocturna: el concierto de las chicharras en el bosque de las ceibas. Las escuchábamos extasiados hasta que dejaban de cantar. Entonces comenzaba nuestro juego: buscar las chicharras secas para rendirles, a nuestra manera, un tributo por su sacrificada melodía. 

No olvido tampoco las largas caminatas hasta el río acompañando a mi abuela a lavar la ropa de su docena de hijos. En el camino nos deteníamos para bajar anones de los árboles y refrescarnos con su sabor. Al llegar a la orilla, la abuela buscaba la sombra de un ciruelo y mientras castigaba la ropa con palo y jabón, como si estuviera exorcizando los pecados de las prendas o de sus hijos, yo me dedicaba a comer ciruelas verdes bajo la custodia de los Abechucos. 

Y estaba el pabellón. 

La plaza de mercado fue, sin yo saberlo, una de mis primeras escuelas de diseño. 

Allí descubrí los bizcochos blanqueados, los dulces de arroz, las achiras, el quesillo, el espejuelo, los envueltos de plátano, el insulso, las arepas oreja’e perro, los masaticos, la avena, los mantecos, los bizcochuelos, la chicha y la guama. 

Pero también aprendí a tocar. 

A sentir la textura de la estera hecha con palma real, la nobleza de la cabuya y de la caña convertidas en mochilas y canastos, la piel de las tinajas de barro horneado, la aspereza del estropajo que martirizaba mis baños diarios y el plumaje de los piscos y de los pájaros de colores que los indígenas coyaimunos, descendientes de los bravíos pueblos pijaos, llevaban también al mercado. 

Muchos años después entendí algo que entonces no tenía nombre: 

allí había comenzado mi educación estética.

Mercado colombiano

Mercado Colombiano. IA.

No comenzó frente a una revista europea. No comenzó en París. No comenzó viendo una pasarela. 

Comenzó en Ortega. En el Tolima colombiano, en las orillas del río Magdalena.  

¿DE DÓNDE VIENE UN DISEÑADOR? 

Durante mucho tiempo nos enseñaron que para hablar de moda había que mirar hacia afuera. 

París. Milán. Londres. Nueva York. 

Aprendimos sus nombres, sus temporadas, sus casas, sus códigos y sus cánones. Y estuvo bien. La moda es una conversación universal y necesitamos conocer su historia. 

Pero para participar verdaderamente de esa conversación primero debemos saber desde dónde estamos hablando. 

Hoy creo que una de las preguntas más importantes que puede hacerse un diseñador colombiano no es qué está pasando en el mundo, sino de dónde vengo yo. 

Porque el origen no es una limitación. El origen es una diferencia. 

Cada creador colombiano carga consigo una geografía emocional. Algunos vienen del Caribe y aprendieron a entender el color mirando un atardecer sobre el mar. Otros crecieron entre las montañas antioqueñas, en el Pacífico, en la inmensidad de los Llanos, en la Amazonía, en Bogotá, en Santander, en Nariño, en La Guajira o en pequeños pueblos que probablemente nunca aparecerán en las grandes publicaciones internacionales de moda. 

Pero allí está nuestro capital creativo. 

Colombia no necesita parecerse a nadie para pertenecer al mundo. 

Necesita reconocerse. 

Nuestro país contiene una extraordinaria diversidad de fibras, tejidos, bordados, cesterías, tintes, joyerías, sombrererías, trabajos en madera, cuero, semillas, chaquiras, palma, fique, caña flecha y tantas otras materias que durante generaciones han pasado de unas manos a otras.

fibras, tejidos, bordados, cesterías, tintes, joyerías, sombrererías, trabajos en madera, cuero, semillas, chaquiras, palma, fique, caña
Foto extraída de Stock..

Pero reconocer el origen significa mucho más que utilizar una técnica artesanal o incorporar un símbolo tradicional a una colección. 

Significa comprenderlo, Investigar antes de interpretar. Escuchar antes de apropiarse. Reconocer antes de firmar. 

Un artesano no puede convertirse simplemente en el proveedor invisible de una historia que después lleva el nombre de un diseñador. 

Si hablamos de una nueva moda colombiana, tendremos que hablar también de autoría compartida, de comercio justo, de transmisión de conocimiento y, sobre todo, de respeto. 

Porque nuestra identidad no puede convertirse en tendencia. Tiene que convertirse en conciencia. 

ANTES DE QUE COLOMBIA HABLARA DE MODA. 

Pero ¿cuándo comenzó Colombia a construir una imagen colectiva de lo que significaba vestirse bien? 

Mucho antes de que existieran las semanas de la moda, las redes sociales, los grandes centros comerciales o las pasarelas como las conocemos hoy, hubo un escenario que permitió que buena parte del país mirara vestidos, siluetas, peinados, joyas y maneras de presentarse ante la sociedad: 

El Concurso Nacional de Belleza. 

La idea del certamen nació en Cartagena en 1932 y su primera edición se realizó en 1934, coincidiendo con la inauguración de los muelles marítimos de la ciudad. Yolanda Emiliani Román se convirtió entonces en la primera Señorita Colombia. 

Puede resultar extraño para una generación contemporánea imaginar un concurso de belleza como plataforma de moda. Pero hay que mirar aquel fenómeno con los ojos de su tiempo. 

Colombia era otro país. 

Las comunicaciones eran limitadas. Las grandes tendencias internacionales tardaban en llegar. No existía televisión y la posibilidad de observar simultáneamente referentes estéticos era infinitamente menor.

Concurso Nacional de Belleza Colombia 1934
Foto extraída del sitio web oficial del Concurso Nacional de Belleza Colombia.

En ese contexto, las reinas se convirtieron también en referentes visibles de elegancia. 

Los vestidos que llevaban, las telas, las siluetas, los accesorios y las maneras de presentarse comenzaron a construir un imaginario aspiracional alrededor de la mujer colombiana. 

El Concurso Nacional de Belleza reunió además algo profundamente nuestro: los departamentos. 

Cada candidata llegaba representando un territorio. Y detrás de ella viajaban maneras diferentes de entender la feminidad, la celebración, el vestido y la identidad regional. 

Sin proponérselo como hoy lo entenderíamos, Cartagena terminó convirtiéndose durante algunos días del año en una enorme vitrina nacional del vestir. 

Y eso también forma parte de la historia de nuestra moda. 

Y ENTONCES LLEGÓ LA IMAGEN 

El 13 de junio de 1954 Colombia encendió oficialmente la televisión. 

Y el país comenzó a mirar el mundo de otra manera. 

La pantalla transformó nuestra relación con la información, el entretenimiento y, naturalmente, con la imagen. Poco a poco las referencias internacionales pudieron entrar a las casas colombianas con una velocidad hasta entonces desconocida. 

El cine ya había abierto ventanas. Las revistas también lo hacían. Pero la televisión incorporó una nueva cotidianidad de la imagen. 

La moda comenzó a dejar de pertenecer exclusivamente a los salones sociales, las revistas importadas o las grandes ocasiones. La silueta, el peinado, el maquillaje y las maneras de vestir empezaron a circular de una forma mucho más masiva. 

Colombia comenzó entonces un largo proceso de apertura estética hacia el mundo. 

Y apareció una pregunta que, en mi opinión, todavía estamos tratando de responder: 

¿cómo ser universales sin dejar de ser colombianos? 

Colombiamoda 2024

Fotografía por: Nicolás Aristizábal. Extraída de El espectador.

UNA INDUSTRIA TODAVÍA EN CONSTRUCCIÓN 

Me gusta pensar que la moda colombiana es una industria en construcción.Y decirlo no la disminuye. Por el contrario la engrandece. 

Porque significa que todavía tenemos la posibilidad de decidir qué clase de industria queremos construir. 

Tenemos una industria textil y de confección con una historia extraordinaria. Tenemos empresarios, diseñadores, confeccionistas, modelos, fotógrafos, estilistas, productores, maquilladores, artesanos, escuelas y universidades. Tenemos plataformas comerciales y creativas. Tenemos ciudades que han construido ecosistemas alrededor de la moda. 

Pero todavía estamos construyendo una verdadera cultura de moda.Una cultura capaz de conservar sus archivos. De investigar su propia historia.De reconocer a quienes llegaron primero. De entender que la moda no solamente produce vestidos: produce pensamiento, empleo, patrimonio, identidad, memoria e imagen de país. 

Necesitamos aprender a documentarnos. 

¿Cuántas colecciones fundamentales de diseñadores colombianos se han perdido? ¿Cuántos bocetos terminaron en la basura? ¿Cuántos vestidos que contaban una época desaparecieron sin que nadie los archivara? ¿Cuántos artesanos extraordinarios murieron sin que su conocimiento pudiera quedar documentado? 

Una industria madura no solamente piensa en la próxima colección, también protege la anterior. 

 

MEDELLÍN ENTENDIÓ QUE LA MODA PODÍA SER INDUSTRIA 

En esta construcción existe un capítulo imposible de ignorar: Medellín. 

La fortaleza histórica de Antioquia alrededor de los textiles y la confección permitió comprender muy temprano que la moda no podía sobrevivir únicamente como expresión creativa. Necesitaba empresa, compradores, conocimiento, internacionalización y plataformas capaces de conectar todos esos universos. 

Inexmoda Medellin

Foto extraída de Stock.

En 1987 nació Inexmoda, creado por Roque Ospina, Clara Echeverry y Alicia Mejía. 

Dos años después llegaría Colombiatex y en 1990 nacería Colombiamoda. 

Aquello fue mucho más que crear una feria, fue crear un lugar de encuentro. 

Allí podían encontrarse el industrial y el diseñador; la materia prima y la idea; el comprador y la marca; el conocimiento y el negocio. 

Y entre las personas fundamentales de esa historia está Alicia Mejía. 

Para mí, Alicia representa una figura esencial en la gestación de la industria moderna de la moda colombiana. Durante dieciocho años estuvo al frente del mercadeo de Inexmoda y participó en la construcción y proyección de Colombiamoda, Colombiatex y otros proyectos que ayudaron a poner el diseño colombiano frente al país y frente al mundo. 

Su generación entendió algo fundamental: el talento necesita estructura. 

Porque podemos tener grandes diseñadores, pero sin industria su trabajo difícilmente permanece. 

Fue el legado de Alicia y que hoy han sostenido Carlos Botero quien me enseñó a que la registradora debe sonar y Sebastián Díez quien me enseña el valor de las la aplicación de las tecnologías y la internacionalización del sistema moda.  

Podemos tener artesanos extraordinarios, pero sin mercados su conocimiento peligra. 

Podemos tener ideas maravillosas, pero sin empresas, educación, comunicación, compradores, archivos y plataformas, esas ideas desaparecen. 

Inexmoda ayuda a construir esos puentes. 

 

VOLVER AL ORIGEN PARA PODER IR MÁS LEJOS 

Después de más de treinta y cinco años trabajando alrededor del vestuario, la moda, el audiovisual y los oficios tradicionales colombianos, he terminado regresando al mismo lugar del que partí. 

A Ortega. A la casa de mi abuela Alcira. A las manos de la tía Teresa rompiendo cuescos con una piedra. Al totumo lleno de peto. A la estera de palma real. A las mochilas de cabuya. Al barro. Al humo. A las chicharras. A los indígenas llegando al pabellón. 

A las montañas cuadradas.

Porque quizá crear consiste precisamente en eso: caminar muy lejos para descubrir que aquello que estábamos buscando siempre estuvo detrás de nosotros. 

Colombia tiene hoy una oportunidad extraordinaria. 

El mundo parece estar buscando nuevamente aquello que nosotros nunca hemos dejado de tener: el trabajo hecho por manos humanas, la singularidad, el territorio, las historias verdaderas, la trazabilidad, el tiempo, el oficio. 

Pero debemos tener cuidado. No podemos convertir nuestra colombianidad en una fórmula decorativa. 

Colombia no es una estampación tropical. 

No es poner una palma, una flor, una guacamaya o una artesanía sobre una prenda. 

Colombia es muchísimo más compleja. Colombia es Caribe y montaña. Es Pacífico y sabana. Es páramo y desierto. Es selva y ciudad. Es indígena, afro, campesina, mestiza y urbana. Es tradición y contradicción. Es memoria y futuro. 

Tal vez el siguiente gran capítulo de nuestra moda comience cuando dejemos de preguntarnos cómo hacer moda colombiana y empecemos simplemente a crear desde Colombia. 

Conociendo nuestra historia.Reconociendo a quienes vinieron antes. Respetando a quienes todavía conservan los oficios. Construyendo industria.  

Y permitiéndonos también ser contemporáneos. Porque defender el origen no significa quedarse atrapado en el pasado. 

Todo lo contrario. 

El origen es el lugar desde donde uno toma impulso. 

Cuando terminaban aquellas vacaciones en Ortega, mi mamá llegaba a recogerme. Desde la casa de la abuela caminábamos en procesión hasta el atrio de la iglesia, donde nos esperaba el transporte que me devolvería a la realidad. 

Yo sentía entonces que de la mano de mi abuela pasaba algo hacia la mía. 

No sabía qué era. 

Hoy creo saberlo. Era un legado. Una manera de mirar. Una manera de sentir. Una manera de pertenecer. 

Mientras ella se despedía a los gritos del tío Enrique, de Carmen y de las gemelas de la esquina, yo también me despedía, con la nostalgia y la promesa silenciosa de regresar. 

Y regresé. 

He regresado durante toda mi vida. En cada vestido. En cada colección. En cada historia que he contado. Porque después de tantos años entendí que aquellas montañas verdes, azules, moradas y castañas nunca fueron solamente el paisaje de mi infancia. 

Eran mi origen. 

Y quizá eso sea lo primero que necesita encontrar un diseñador antes de intentar conquistar el mundo: 

saber cuál es el lugar al que siempre puede volver.  

Hasta pronto. 

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